miércoles, 7 de julio de 2010

Asimetrías e Infiernillo

Fausto Fernández Ponte

07 julio 2010
ffponte@gmail.com

Asimetrías


Elecciónes igual ¿a Cambios?


Por Fausto Fernández Ponte


                               “El cambio verdadero no se logra votando sólo por votar o vendiendo el voto, sino razonando éste”.

   Pedro Leoncio Marín Hernández.


                                                   I

    La contenciosidad prelectoral advino en poselectoral y, si lo previo exhibió la similitud  y uniformidad ideológica y política de los contendientes a gubernaturas,  lo posterior –es decir, ahora--  acentúa esa peculiaridad de los mielgos idénticos.

     Cierto. Son los rasgos de familia y, si se quiere verlo sociológicamente,  son fisonomías epicenas de una misma familia cuyos miembros –los candidatos—comparten el mismo ADN identitario o ácido desoxirriboncleico de la cultura política.

     Y es que, nótese cuidadosamente, los candidatos ganadores y/o derrotados  proceden, por lo general, con magras excepciones, de la misma clase social, diferenciándose, tal vezs, por las peculiaridades idiosincrásicas de cada estrato.

   Más no sólo eso. Esos hombres y mujeres de pro que fueron candidatos de grupos facciosos dominantes – cúpulas, “capillas” y “tribus!”-- en los partidos políticos, cerrados, por ley, a las postulaciones ciudadanas,  no se comprometieron con nosotros.

    Y “nosotros” somos el grueso de la ciudadanía, conformada por los millones en ese universo de votantes empadronados en esos 12 (de los 31) Estados Unidos Mexicanos que realizaron el ritual comicial el domingo pasado.  Un  ritual viciado, por añadidura.

                                                 II

    A ese universo convergen hombres y mujeres de 18 años de edad en adelante –78 millones, en un país de 110 millones de habitantes— que no son, en su gran mayoría, como los candidatos; éstos vienen, al parecer, de otro mundo. ¿De Marte, quizá?

   Y tal vez por ello, esos candidatos –del PRI, PAN, PRD, Convergencia, etc.— no le presentaron a ese grueso mayoritario del electorado propuestas concretas, específicas y claras, acerca de cómo arrancar as los mexicanos de la postración en la que viven.

   No lo hicieron, concluiríase, por que, como ya se dijo, son de otro mundo –o, por decirlo con precisión— de otro estrato  o de otra clase social, distinta y antipodal, si no es que antagónica, a los segmentos ya estratificados de la sociedad mexicana.

    No en vano esos candidatos asocian el vocablo “pueblo” con “chusma” o “nacos” como dicen los panistas de pedigrí y los priístas de conveniencia y circunstancia y modus vivendi. No entienden sus dilemas existenciales y afanes de subsistencia.

   Pero les compran sus votos como en Veracruz, Puebla, Oaxaca, Sinaloa, etc., con dinero –mínimo, 500 pesos; máximo, mil 500— o coaccionan la voluntad electoral o inducen el albedrío con una despensa o una playera o una cobija u otra ñapa.

                                                        III

     Allí se degrada el proceso democrático que, en esa degradación, se cancela solo. Y allí cesa el ideal democrático que los candidatos mismos y los partidos –que son en realidad grupos de interés y de presión con  ortopedias deformantes  y sus patrones.

    La democracia, afirma el pensador ecuatoriano Rodrigo Borja, “es un modelo puramente conceptual”. Es, añade, “un ideal, una meta, a la que hay que acercarse en lucha permanente”.  Pero en México, ese  ideal democrático es simulado.

    Y la lucha permanente es también simulada, con el añadido de de las añagazas y socaliñas filosóficas que enuncian que el mero hecho de votar para “elegir” ya es “la” democracia o un sistema de gobierno de todos, no sólo de muchos, sino de todos.

     Todos, pues.   Pero en ésta forma de organización política mexicana que simula lo democrático sólo basta que vote una minoría para de allí  inferir representatividad y legitimidad. El 4 de julio votó poco menos de la mitad del total de empadronados.

     En Oaxaca, Puebla y Sinaloa, donde ganaron las alianzas opositoras, los electos, expriístas,  no ofrecieron a sus electores un cambio de fondo para superar la crisis, sino sólo “sacar del gobierno a los priístas. Cambio de color, no de corazón.

    ffponte@gmail.com

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