lunes, 30 de agosto de 2010

¡Impunidad, divino tesoro!


Jairo Calixto Albarrán


Por eso se hacen los chismes. El nuevo vocero para las noticias del imperio calderónico, el nada talentoso Alejandro Poiré, afirma que 80 por ciento de los decesos en la narcoguerra son producto de las batallas entre las bandas de criminales, contradiciendo así el optimismo de su jefe, que en ese mismo rubro sitúa esta cifra en 90 por ciento de los 28 mil muertos que se han venido apoltronando en este sexenio. Digo, aunque no cambia la lógica gubernamental (que los malos de Malolandia se están matando entre ellos y que debido a una fatalidad relacionada con los insondables designios del Señor, algunos mexicanos caídos se suman a la patriótica narcofosa de los daños colaterales), ese 10 por ciento que está ahí bailando habría que hurgarle sus orígenes. No vaya a ser que se trata de personas y, a menos de que se trate de trata, se ve mal condenarlas al limbo discursivo.

Ese 10 por ciento de diferencia entre lo que afirma el vocero y el Preciso, debe ser aclarado para saber si sólo es una diferencia de criterios estadísticos basados en la lógica de la autoayuda, o si conforman ese brevísimo espacio donde se acumulan los muertos de la infelicidad migratoria. Ahí podrían estar, supongo, los inoportunos cadáveres de los 72 espaldas mojadas de Centro y Sudamérica que fueron alcanzados por el mexican dream.


Claro que también se puede tratar de compatriotas que se han muerto un poco por dentro merced a la gratísima gracia cuando los emisarios del crimen organizado acuden con toda caballerosidad y buen humor a antros, cantinas, restaurantes a pedir de la manera más atenta, cuernos de chivo en mano, que el personal distribuya entre su clientela ciertas cantidades de droga, y a la vuelta de una semana pasan a recoger los dividendos. Y ni modo de negarse, ya ven lo que le pasó al alcalde de Hidalgo, Tamaulipas. O al MP encargado de la investigación de los migrantes fusilados, olvidados, explotados, masacrados, exhibidos mediáticamente para exaltar los jesuses en la boca. Y para que el góber melindroso de Tamaulipas anunciara algo que casi nadie sabía: que la violencia nos ha rebasado.


Seis de cada 10 municipios han sido tomados por el narco, dicen los legisladores como si se acabaran de enterar. Lo chido es que cuatro años después de la narcoguerra, luego de los sesudísimos diálogos por la seguridad —en los que ninguno de esos funcionarios que no funcionan renunció—, Jelipillo descubrió que el combate al narco no sólo era a balazos, sino que también podía atacar el lavado de dinero.


Y todavía hay quien aspira a que renuncie Calderón. O sea, si lo hace, ¿quién podrá defendernos?


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