![]() | Epigmenio Ibarra |
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17 septiembre 2010 eibarra@milenio.com | |
| Tu risa me hace libre, me pone alas. Soledades me quita, cárcel me arranca. Miguel Hernández Nací en México hace 59 años. Aquí nacieron mis padres y mis abuelos. Aquí nació también la mujer que amo y sus padres y sus abuelos y aquí han nacido mis hijas y mis hijos. Aquí viven mi Madre y mis hermanos. Tenemos, todos, el cuño “mexicano” tatuado en la piel. Hemos construido juntos una familia firmemente arraigada a esta tierra y nada me llena más de alegría que el hecho de que Camila, nuestra hija pequeña, me dijera ayer, al margen del circo y las celebraciones, “nunca me voy a ir de México; quiero ayudar a cambiarlo”. También me alegra que mis otras dos hijas, Natasha y Erendira, habiendo vivido tantos años en el extranjero, teniendo raíces en California, hayan decidido hacer aquí su vida y que lo dos varones, Alejandro y Alberto, a pesar de haber tenido la posibilidad de vivir en otro país, opten también por quedarse en su patria. Jamás, aunque estuve casi 12 años viajando, he pensado en irme de aquí y si la muerte me alcanza afuera quisiera, como dice la canción, “que digan que estoy dormido y que me traigan aquí”. Esa idea, que repatriaran mi cadáver, me obsesionaba en la guerra y aún ahora cuando viajo, en condiciones ciertamente muy distintas, se hace presente en mi cabeza. Reconozco a México en la mirada serena de Verónica, mi mujer. En su tenacidad y valentía. Veo a mi país en sus manos, lo adivino, dibujándose, en cada uno de sus gestos, en los delicados rasgos de su rostro. Es mi patria su larga cabellera oscura y también su risa y sus guisos prodigiosos. Aquí nací, aquí nacimos. A este país nos debemos y la razón de mi alegría es también esa certeza compartida, familiar, cotidiana; ese amor común que a hijos y a padres nos hermana. Amamos el paisaje variado de la patria, la diversidad de acentos y sonidos que la pueblan, de colores de piel, credos y preferencias que luchan por romper los estrechos moldes de la tradición, los olores de su cocina, la sonoridad de su esperanza casi siempre fallida pero siempre presente. Amamos su memoria herida y su futuro abierto; ese en el que Camila quiere participar. Exploramos los meandros del pasado leyéndolos en su geografía, en sus muros y en su gente y nos emociona y conmueve, más que la gesta heroica de los próceres, la hazaña cotidiana y sencilla de la sobrevivencia. Así somos; una familia más. Una entre millones pero familia al fin. Nacida en México. Comprometida con este país, nuestro país. Alegre, sí, pero también dolorida por vivir en él. Nos duele la miseria de tantos. Nos indigna la opulencia de tan pocos. Nos encabronan la impunidad y la simulación. Nos lastima saber que es la corrupción una segunda piel que, pese a todo, gobierne quien gobierne, no podemos sacudirnos. Nos conmueve la fe profunda de los mayores y el desenfado con el que miran la vida los que apenas comienzan a transitar por ella. Nos subleva que, aprovechándose de esa fe profunda, los altos clérigos, apoyados por el poder político, promuevan la discriminación y la intolerancia y nos entristece ver a los jóvenes abandonados a su suerte; sin estudios ni empleo a merced de la droga y los criminales que con ella comercian. Sentimos como propia la alegría ajena y se nos contagia fácil la indignación ante los frecuentes y casi siempre impunes agravios del poder y de los poderosos que se ceban en los más vulnerables. Somos pues, como tantos otros, de esos que bailan al son que nos toquen. De aquí somos. Aquí vivimos. No nos vamos a ir. No nos van a expulsar. Ni los criminales, ni los corruptos. Ni los que tienen secuestrada a la patria, ni los que los que la han ensangrentado. Tampoco somos de aquellos —y en eso también somos legión— que cedemos graciosamente ante la andanada de spots y campañas propagandísticas y abandonamos nuestras convicciones. Creemos y trabajamos por un México más libre, más justo, más democrático, y en eso estamos convencidos, no puede haber medias tintas. No es lo mío ni la euforia nacionalista ni la exaltación patriótica; antes bien las temo, pues sé muy bien de los crímenes de lesa humanidad que en nombre de Dios y de la Patria se cometen a diario. Sólo hablo de mi país como quien habla amorosamente de su familia y hablo de mi familia como una familia amorosamente comprometida, como tantas otras, con México y con su gente. Está esa, en estos días patrios vueltos ahora ocasión para el dispendio, la razón de mi alegría. http://elcancerberodeulises.blogspot.com www.twitter.com/epigmenioibarra | |
viernes, 17 de septiembre de 2010
La razón de mi alegría
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