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![]() | Epigmenio Ibarra |
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29 octubre 2010 eibarra@milenio.com | |
| Escuché este jueves por la radio parte de un discurso en el que usted convoca, de nuevo, a la unidad nacional para derrotar al crimen organizado. En ese mismo llamado plantea una disyuntiva que, a mi juicio, no corresponde a la verdad. No estamos ya en los tiempos en los que un gobernante puede, impunemente, emplazar a los ciudadanos a estar con él o contra el país y a partir de este supuesto calificar, así sea subliminalmente, como apátridas o traidores a quienes mantengan una posición distinta. Es el suyo, me temo, un discurso muy peligroso, no sólo para la democracia, que exige y necesita el libre ejercicio de la crítica, sino incluso para la paz social. No puede darse el lujo un gobernante, menos todavía en un clima de violencia como el que vivimos, de azuzar a sus seguidores y promover la descalificación, el linchamiento y la intolerancia. Yo, señor Calderón —y estoy seguro que en esto coincido con muchos ciudadanos—, no considero que el suyo sea un camino “eficaz” y —además— el “único” transitable. Al contrario. Creo firmemente que esta guerra que se libra bajo su mando, regida por su doctrina y siguiendo los lineamientos estratégicos por usted marcados puede perderse. Y ese, el de la derrota, es un lujo que no podemos, ni debemos permitirnos. Esta diferencia no me hace, sin embargo, y como usted parece sugerir continuamente, partidario de una negociación o peor aún de una rendición incondicional ante los capos. Estoy convencido de que no puede el Estado coludirse con criminales ni por acción (como hizo el PRI), ni por omisión (como hizo Vicente Fox). Apoyo y exijo acciones decididas por parte del gobierno para rescatar la nación. Decisión, sin embargo, no implica apresuramiento mediático o propagandístico y menos todavía el intento de sacar ventaja política de una lucha tan inevitable como necesaria. Vestirse de general no lo convierte en uno de ellos. Desató usted una guerra más atento a las implicaciones mediáticas que a las consecuencias profundas de la misma. Su urgencia de legitimación lo hizo apurar un proceso que requería planeación cuidadosa, construcción de consensos y, sobre todo, un escalamiento racional de las fuerzas empeñadas. Se equivocó, señor, porque, como dice José Martí “hay cosas que para hacerse en silencio han tenido que ser”. Se equivocó y hoy es México el que paga las consecuencias. Valor sólo escenografito tenía sacar masivamente a la tropa a la calle. Sacarla sin haber tomado antes acciones que en lo legislativo, lo legal, lo penitenciario permitieran el establecimiento de un andamiaje legal y la infraestructura, para garantizar que las acciones emprendidas por el Ejército no resultaran a la postre golpes en el vacío o, peor aún, que terminaran por alentar medidas extrajudiciales que conducen al paramilitarismo. Al empeñar el poder de fuego del Ejército sin antes haber garantizado con los estadunidenses un cierre efectivo de la frontera, se produjo entonces un escalamiento de la violencia. A las tanquetas respondieron sicarios con fusiles de grueso calibre, al despliegue masivo con explosivos, sin tener, además, problema alguno para reabastecerse. Creció así, y debido además a la falta de preparación de la tropa para entrar en contacto con la población civil, el número de bajas colaterales. ¿Quién, le pregunto, se da el lujo de someter al que se considera, habida cuenta del colapso de los cuerpos policiacos, el último valladar frente al crimen organizado, a un desgaste tan acelerado, a un desprestigio creciente? ¿Quién se da el lujo, por la falta reiterada de sensibilidad ante las pérdidas humanas, de distanciarse de esta manera de la base social en la que debería apoyarse para triunfar? ¿Y quién, pregunto, comienza una guerra y además, de esta naturaleza sin haber entendido que la disputa por esta base, en zonas donde hace años operan sólo los criminales, depende de una trabajo integral para ofrecer bienestar, empleo, salud, cultura, seguridad a aquellos que, hoy por hoy, sólo cuentan con el apoyo y el ejemplo de esos héroes siniestros, pero héroes al fin, que son los capos a los que cantan los narcocorridos? Pero si las cosas en el frente interno no van bien, peor pintan en el frente diplomático. Buenos para su ego pueden resultar los halagos de los gobernantes estadunidenses. Graves para México su indiferencia ante un problema, el del narcotráfico, que es más de ellos que nuestro. Los indicadores del abandono estadunidense se multiplican; la cuestión migratoria, el discurso del Estado fallido y la narcoinsurgencia, la falta de acciones legislativas y policiacas para contener el tráfico de armas, la tolerancia ante el consumo y más todavía la eventual legalización de la mariguana en California, todo conspira, señor Calderón, contra su manera de hacer la guerra. Por si todo esto fuera poco, hemos sido testigos, además, de pugnas entre mandos policiacos y militares, de falta de coordinación con los gobiernos estatales y municipales, de politización creciente de la lucha. Se agotó el tiempo, señor Calderón; se convirtió el camino en callejón sin salida. http://elcancerberodeulises.blogspot.com www.twitter.com/epigmenioibarra | |
viernes, 29 de octubre de 2010
A propósito del “único camino”. Otra carta a Felipe Calderón Hinojosa
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