Solo en su laberíntico resguardo, Jack Bauer se tomó unos minutos de descanso y dejó que le llegaran libremente los recuerdos. Entonces recordó sus temporadas de niño repartiendo volantes y pintando bardas para el partido de su padre, rememoró sus años de adolescente en el Instituto Valladolid, incluido el pensamiento marista colocado a su entrada, y la enorme emoción que le provocó ser elegido dirigente de la Internacional Demócrata Cristiana. Luego no quiso saber más de su meteórica carrera política, obnubilado por los catálogos de armas, por las imágenes satelitales desplegándose en las enormes pantallas, por el vértigo de tener bajo control cada municipio, cada región conflictiva, cada pedazo de sierra o de costa.
Basado en el siempre útil principio de que “the ends justify the means”, e inspirado en una amalgama incomprensible de creencias tecnológicas y religiosas que lo mismo incluía a San Judas Tadeo, el santo de las cosas imposibles, que a los más potentes ge-pe-eses
y a los equipos más avanzados de cómputo, telecomunicaciones y geomática, Jack Bauer creyó siempre, sin dudarlo ni un instante, que de esa forma vencería a las organizaciones criminales, liberaría al país, y sería reconocido para siempre como el salvador del siglo. Su narcisismo líquido, siempre desapercibido y encubierto por los apotegmas del libre comercio, la familia normal, nuclear y decente, y su entrega total contra las fuerzas del mal, había logrado permanecer oculto, junto a él, en aquel búnker lleno de relojes digitales.
Ocho meses después y a pesar de haberse rodeado de los más leales (o serviles, dio lo mismo) colaboradores, de los técnicos mejor seleccionados y de los militares de elite mejor entrenados y confiables, Jack Bauer fue conminado a abandonar no sólo el búnker sino su proyecto y su posición de primer mandatario. Con un país hecho pedazos por la violencia y la ingobernabilidad, el Congreso mexicano decidió desaforarlo tras semanas inciertas de debates y controversias, donde prácticamente nadie osó defenderlo, incluyendo a los de su propio partido. Y todo, transacciones mercantiles, armas sofisticadas, tecnologías estupendas, quedó desvanecido, por los clamores de una nación desesperada. Y a esas alturas Jack Bauer, obsesionado con sus juguetes, ya no supo responder a la pregunta tan sencilla como obligada de cuál era su nombre, formulada por la comisión encargada de encararlo, lo que terminó por confirmar los diagnósticos realizados a distancia por un equipo de especialistas. A veces dijo vagamente Guadalupe Victoria, a veces Buggy El Aceitoso o Antonio López de Santa Anna, y a veces el apodo incompleto de un mártir cristero. Jack Bauer fue sacado sin que opusiera resistencia de su escondido búnker, y llevado de inmediato a la ambulancia que lo conduciría hasta el manicomio. Y ahí donde todo terminó, ahí empezó todo. Como sucede siempre.
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