EL LOBBY
Hay, hay, hayay mi perdido cavernal
"Lo que quiere es colgarse de mí para hacerse figura pública y aspirar a la presidencia de la república, eso es lo que quiere”, dijo el cardenal de Guadalajara, Juan Sandoval Íñíguez en clara referencia al jefe de Gobierno del Distrito Federal, el perredista Marcelo Ebrard Casaubón.
El clérigo hizo tales declaraciones el viernes pasado a la agencia Notimex, la oficial. Y las hizo allá en Roma, donde se encuentra desde el martes pasado para asistir a sus deberes dentro de la asamblea plenaria del pontífice Consejo para la Cultura de El Vaticano y a encuentros con Benedicto XVI. Fue allá, y no acá, donde echaron raíces las palabras de Juan Sandoval. Mejor de lejitos, claro, no sea que a Ebrard se le ocurra otra denuncia por lo que sea, pero otra raya más al tigre.
La neta es que colgarse de don Juan siempre es un riesgo. Ahí tenemos al gobernador de nuestro estado, el panista Emilio González Márquez que, siempre que está cerca del líder religioso como que le da por hacerse el gracioso. Mienta madres, regala pinches papelitos (los hace también) y confiesa sus asquitos y sus fobias hacia la comunidad gay.
“Le va a salir el tiro por la culata, la opinión de la gente es totalmente contraria, he sentido el apoyo donde quiera, no sólo de los católicos de Guadalajara, sino también de los de todo México (…) Yo no quiero entrar en discusión con este hombre, por eso no he dicho nada públicamente”, agregó el prelado el viernes, allá en los territorios de Ratzinger, cobijado por la jerarquía eclesiástica.
No se entienden, como en la mayor parte de las ocasiones, las confesiones de don Juan con el discurso que suele la Iglesia católica pregonar.
En la edición de ayer de Semanario, la publicación de la Arquidiócesis de Guadalajara, su editorial insiste en una separación Estado-Iglesia ya implícita en la propia Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.
Es siempre sorprendente cuando uno lee tal semanario, las contradicciones y la interpretación que la Iglesia otorga a lo establecido en la ley del hombre.
Alude el editorial al artículo 130 constitucional. Enfatiza ese principio histórico de la separación entre ambos entes. Presume que su inciso b reza: “las autoridades no intervendrán en la vida interna de las asociaciones religiosas”.
Luego, la opinión católica en dicha publicación es: “El Estado es un ente dentro del cual se encuentran las iglesias, y por eso, éstas pueden expresar sus opiniones respecto a la vida pública, pero sin querer determinar quiénes deben ser los gobernantes”.
Por si fuera poco, asegura la Iglesia: “es más, el Estado, aunque esto no sucede en México, debería proveer de ciertos recursos a las iglesias, porque los que las forman son parte de su ciudadanía, que ofrece a sus gobernantes diversos impuestos para que los administren en beneficio de su desarrollo integral. Al hablar de desarrollo integral de las personas, estamos hablando también del aspecto espiritual. A la postre, de acuerdo a nuestra situación, es mejor seguir el modus operandi actual, pero viéndonos democráticos y constitucionales, las leyes permitirían este tipo de apoyo, del que ya mejor no abundamos”. O sea, no conformes con los millonarios ingresos que entran en cada ritual, la Iglesia quiere más.
Pero regresando a las palabras de Juan Sandoval, y en el mismo tono de la Arquidiócesis tapatía, cabe destacar el inciso e del mismo artículo 130 que no suele subrayar la autoridad eclesiástica local.
“Los ministros no podrán asociarse con fines políticos ni realizar proselitismo a favor o en contra de candidato, partido o asociación política alguna. Tampoco podrán en reunión pública, en actos de culto o de propaganda religiosa, ni en publicaciones de carácter religioso, oponerse a las leyes del país o a sus instituciones, ni agraviar, de cualquier forma, los símbolos patrios”, se aprecia en la Carta Magna.
Así las cosas, tal parece que el que se cuelga es otro.
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