domingo, 6 de febrero de 2011

Ciudad y fuego

JORGE GÓMEZ NAREDO

I
Caminaba por avenida Guadalupe desde López Mateos con rumbo a la glorieta de Chapalita. Cuando llegué a la calzada Lázaro Cárdenas cambié de dirección para dirigirme a la calle Tepeyac. Me extrañó no ver ningún vehículo que circulara por Lázaro Cárdenas. Me pregunté: “¿sería la eficacia del puente atirantado?” Pasaron unos cuantos segundos y me respondí yo mismo: “eso es imposible”. Había demostrado, el puente, a un día de entrado en funcionamiento, sus pocos resultados en eso de la vialidad expedita. Fue entonces que, a lo lejos, vi fuego. Una llama grande. ¿Un incendio? ¿Será que el puente se quema? ¿Será que algo les salió mal a los edificadores de la magna obra del gobernador? ¿Otro espectáculo de inauguración? Me dirigí hacia donde estaba ese color rojo-amarillo. Al llegar al cruce de Lázaro Cárdenas con López Mateos, observé que los empleados de una gasolinera que se ubica en la esquina de ese cruce de avenidas estaban absortos mirando el fuego. Me acerqué aún más. Había poca gente contemplando el hecho. Puede divisar, entre las llamas, un autobús del transporte público de la ruta 646. Se escucharon sirenas: eran los bomberos. “Mira, llegan primero los bomberos que la policía”, le oí decir a una persona que miraba el incendio junto a mí. Después arribaron patrullas de la policía municipal de Guadalajara y de la Secretaría de Seguridad Pública estatal. Aparecieron luego grandes camionetas, unas rojas y otras blancas: la policía investigadora. Los bomberos bajaron de su camión y comenzaron a echar chorros de agua al autobús recién incendiado. Había varios adolescentes skatos curioseando el “espectáculo”, asombrados. “¿Qué pasó?”, le pregunté a uno. Se quedó callado. Volví a repetir la pregunta. Nuevamente silencio. “No dirá nada”, pensé. Me acerqué con otro y le hice la misma pregunta: me volteó a ver y me examinó detenidamente; se inclinó sobre mi oído, y casi susurrando, me comentó: “asaltaron el camión, bajaron a la gente y después lo quemaron”.
II
Es jueves, dos días después de los narcobloqueos. Voy en una unidad de la ruta 646 con rumbo a Los Cubos. Son las nueve de la noche. El autobús cruza el mercado de abastos. El chofer escucha a una señora que habla y habla y habla. Cuando ésta se calla, el conductor le dice: “la neta doña es que ya estamos todos con miedo, a cada rato nos asaltan, pero lo del martes fue de locos: yo venía atrás de la unidad que quemaron”. Al escuchar estas palabras, interviene un señor de unos cuarenta y cinco años. “Yo estaba en el autobús que quemaron”. “¿Cómo? ¿De verdad?”, le cuestiona la señora que habla y habla y habla. El señor se pone sincero: “sí, desde antes vi que había unos pasajeros que venían con pistolas, pero, ¿pues qué hace uno? No está como para pagar doble pasaje. Cuando cruzamos los arcos amarillos nos comenzaron a asaltar. A todos nos quitaron las carteras y los celulares. Ahí fue, mire, ahí –cuando el camión que nos transporta cruza la calle Lorenzana–: nos bajaron y nos orillaron a todos. Después le prendieron fuego al camión. Yo caminé rumbo al López Mateos, poco a poco, medio huyendo, cuando ya se habían ido los asaltantes. Estaba muy asustado. Había una muchacha que no paraba de llorar. Yo al siguiente día no fui a trabajar”.
III
La quema de camiones y las granadas funcionaron. El pánico entre la población se despertó. Las llamas en los autobuses del transporte público provocaron lo que hasta ahora parecía lejano: una incipiente movilización ciudadana. Ni dos niñas inocentes (y humildes) muertas en una balacera en la colonia del Fresno, ni las poco más de 540 muertes en la entidad relacionada con el crimen organizado en 2010 (entre implicados y “daños colaterales”) ni el conductor de un vehículo particular que se hizo de palabras con unos conductores de una camioneta lujosa, que lo persiguieron y lo mataron enfrente de su pequeña hija, habían suscitado marchas de jóvenes de universidades privadas (como la que se dio el miércoles pasado, que reunió alrededor de 700 personas –una cantidad mínima, si miramos cuántos habitantes hay en la zona metropolitana de Guadalajara–). ¿Por qué no se hizo esto antes? ¿Por qué no se protestó aquí, en Guadalajara, por Chihuahua, por Tamaulipas, por Nuevo León, por Sinaloa, Morelos y por Guerrero, por Michoacán, por la matanza cotidiana que hay en el país? Ojalá no se nos aplique a los jaliscienses ese poema que Martin Niemöller (muchas veces adjudicado a Bertolt Brecht) escribiera en el contexto del ascenso de Adolf Hitler al poder en Alemania: “Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,/ guardé silencio, porque yo no era comunista./ Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,/ guardé silencio,/ porque yo no era socialdemócrata./ Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,/ no protesté,/ porque yo no era sindicalista./ Cuando vinieron a llevarse a los judíos,/ no protesté,/ porque yo no era judío./ Cuando vinieron a buscarme,/ no había nadie más que pudiera protestar”. Eran claros los resultados que tendría la guerra de Calderón contra el narco: se veían nítidos desde el mismo diciembre de 2006.
IV
El día fue significativo: justo cuando Emilio González Márquez debía presentar su informe de gobierno. Los lugares también: cubrieron casi toda la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG) y, uno en especial, dijo mucho: la entrada al recién inaugurado Puente Matute Remus (la obra insignia de González Márquez, su orgullo, su lanza mediática –junto con los Juegos Panamericanos– para armar su candidatura a la presidencia). La intención fue clara: meter miedo a la población, provocar pánico. ¿Qué sabe González Márquez que no sabemos? ¿Qué sabe Luis Carlos Nájera, secretario de Seguridad Pública, de lo cual no nos hemos enterado? ¿Qué acuerdos no están funcionando? ¿Qué mensaje enviaron los que quemaron unidades del transporte público y aventaron granadas en distintos puntos de la ZMG? ¿Quiénes quieren la plaza? ¿Quiénes no quieren perderla? ¿Quiénes están defendiendo a quiénes? Hay misterio en todo.
V
A pesar de la localidad de los hechos, a pesar de la corrupción, de las policías mal armadas y del funcionamiento cuestionable a nivel estatal y municipal en materia de seguridad, a pesar de todo ello, donde hay culpables, responsables y castigables, el problema central es complejo, es nacional, es amplio y proviene de una ineficiente estrategia de “lucha” (o guerra) contra el crimen organizado. Sin combate a la pobreza, sin empleos, sin oportunidades para los jóvenes, para los maduros y los viejos, sin vida digna, el narco y la violencia continuarán. Y cada vez habrá más bloqueos, y más ciudades antes en paz y ahora en guerra. Después de Guadalajara, ¿qué sigue? ¿La ciudad de México? Cuando el DF arda, ya casi todo estará patas arriba. Calderón habrá culminado su obra: el despeñadero del país, un despeñadero que no pudimos evitar en 2006. Sí, en 2006, cuando hubo plantón, cuando hubo resistencia, y también cuando no a pocos se les cayó la esperanza de una nación más justa y más equitativa, una nación en paz, sin guerra, sin tanta sangre por doquier.
jorge_naredo@yahoo.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja tu comentario que sera publicado automaticamente; si este,no fue publicado por favor notificalo a nuestro correo electronico sadimyer@gmail.com