2011-06-06
Somos de los peores críticos. Algunos saben mucho. Otros conocemos poco. Pero todos tenemos una opinión, un punto de vista, basado en lo que hemos visto, en lo que hemos preguntado, en lo que escuchamos y en lo que percibimos. Estamos en la Caravana por la Paz con Justicia y dignidad. Son tres autobuses en los que vamos todos nosotros, los medios de comunicación de la Ciudad de México, de los estados de la República Mexicana y del mundo. Pocas ocasiones, como ésta, podemos unirnos. En pocas ocasiones como ésta, podemos coincidir tanto.
Igual podemos codearnos al frente o detrás del templete improvisado en las diferentes ciudades. Igual nos vemos en las conferencias de prensa. Igual podemos toparnos en un café, buscando cargar nuestros aparatos. Igual podemos comer juntos. Y dormir unos al lado de los otros.
Pero hoy compartimos algo más que eso. Compartimos el dolor y el miedo.
Las más de 40 mil muertes ocurridas en menos de cinco años del sexenio de Felipe Calderón, se reflejan en cientos de historias que nos esmeramos en registrar para luego darlas a conocer.
Como por ejemplo una nueva amiga española, que entrevistó al chofer del autobús 13, que forma parte de la caravana. A él le mataron a su amigo. El sábado era el sepelio. Pero mejor trabajó. Mejor vino a la caravana. La periodista española que radica desde hace años en México (vivió mucho tiempo en San Cristóbal de las Casas) se dedica a hacer documentales. Y ésta le pareció una buena historia. Ella también tiene miedo.
Otro ejemplo es un colega fotógrafo. Dejó la escuela por venir a la Caravana. Le pareció importante. Y con su lente ha registrado cada momento, cada grande o pequeño momento en esos recuerdos del alma que no todos aprecian. Él dispara y dispara pero a nadie mata. Él también tiene miedo.
Están también unos compañeros que hablan de ser o no ser revolucionarios. En un café-internet compartimos más que la conexión eléctrica. Comentan sus vidas. Opino. Toman fotos. Comento. Hacen sus crónicas del día. Y yo hago las mías. Nosotros también sentimos dolor y tenemos miedo.
Pero, por ahora, estamos hasta la madre de ponerle un micrófono a un diputado, a un senador o a cualquier político para que nos diga lo que ya nos imaginamos, siempre limitándose a lo políticamente correcto.
Por ahora, estamos hasta la madre de oír a un donnadie con su discurso vacío y sin sustancia.
Los fotógrafos están hasta la madre de la imagen estilizada, de las sonrisas fingidas, de los abrazos que se dan los cientos de políticos farsantes…
Hoy nos sorprenden las ciudades, las historias, los paisajes…
El dolor se vuelve nuestro; el miedo ya lo compartíamos. Y, sí, también estamos hasta la madre de la “clase política” saturada de fantoches, pervertida, y de los criminales (sin clase) sin escrúpulos, inhumanos y cabrones que tanto daño le han hecho a nuestra gente, nuestras familias, nuestros amigos, nuestros conocidos. Que tanto daño le han hecho a nuestros amigos periodistas.
Igual podemos codearnos al frente o detrás del templete improvisado en las diferentes ciudades. Igual nos vemos en las conferencias de prensa. Igual podemos toparnos en un café, buscando cargar nuestros aparatos. Igual podemos comer juntos. Y dormir unos al lado de los otros.
Pero hoy compartimos algo más que eso. Compartimos el dolor y el miedo.
Las más de 40 mil muertes ocurridas en menos de cinco años del sexenio de Felipe Calderón, se reflejan en cientos de historias que nos esmeramos en registrar para luego darlas a conocer.
Como por ejemplo una nueva amiga española, que entrevistó al chofer del autobús 13, que forma parte de la caravana. A él le mataron a su amigo. El sábado era el sepelio. Pero mejor trabajó. Mejor vino a la caravana. La periodista española que radica desde hace años en México (vivió mucho tiempo en San Cristóbal de las Casas) se dedica a hacer documentales. Y ésta le pareció una buena historia. Ella también tiene miedo.
Otro ejemplo es un colega fotógrafo. Dejó la escuela por venir a la Caravana. Le pareció importante. Y con su lente ha registrado cada momento, cada grande o pequeño momento en esos recuerdos del alma que no todos aprecian. Él dispara y dispara pero a nadie mata. Él también tiene miedo.
Están también unos compañeros que hablan de ser o no ser revolucionarios. En un café-internet compartimos más que la conexión eléctrica. Comentan sus vidas. Opino. Toman fotos. Comento. Hacen sus crónicas del día. Y yo hago las mías. Nosotros también sentimos dolor y tenemos miedo.
Pero, por ahora, estamos hasta la madre de ponerle un micrófono a un diputado, a un senador o a cualquier político para que nos diga lo que ya nos imaginamos, siempre limitándose a lo políticamente correcto.
Por ahora, estamos hasta la madre de oír a un donnadie con su discurso vacío y sin sustancia.
Los fotógrafos están hasta la madre de la imagen estilizada, de las sonrisas fingidas, de los abrazos que se dan los cientos de políticos farsantes…
Hoy nos sorprenden las ciudades, las historias, los paisajes…
El dolor se vuelve nuestro; el miedo ya lo compartíamos. Y, sí, también estamos hasta la madre de la “clase política” saturada de fantoches, pervertida, y de los criminales (sin clase) sin escrúpulos, inhumanos y cabrones que tanto daño le han hecho a nuestra gente, nuestras familias, nuestros amigos, nuestros conocidos. Que tanto daño le han hecho a nuestros amigos periodistas.
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