martes, 21 de septiembre de 2010

De montajes y mitomanías

Ricardo Monreal Ávila


Una muestra más de la falta de un enfoque integral en el combate contra la delincuencia organizada es la forma errática, errónea y contraproducente como se han difundido los últimos golpes asestados a los cabecillas de los grupos criminales.

Siendo capturas y aprehensiones muy significativas, la forma como se han montado y prefabricado los escenarios para presentarlos a la opinión pública, se ha vuelto un bumerán para sus promotores. Tres ejemplos así lo evidencian.


1. La ejecución de Arturo Beltrán Leyva por un grupo de élite de la Marina, y la exhibición del cadáver semidesnudo, tapizado con dólares, euros, relojes y joyas, mostraba la saña de sus captores y enviaba un mensaje inequívoco de exterminio al resto de los capos, pero también al conjunto de la sociedad. “La Marina extermina”, fue el mensaje directo que dio la vuelta al país y al mundo. Las reacciones que desató este montaje terrorífico no se hicieron esperar y los cuestionamientos a lo que ha sido uno de los tendones de Aquiles de esta guerra (el atropello a los derechos humanos), recobró vigencia con esa imagen. Un golpe certero, bien planeado y digno de reconocimiento, resultó opacado por este montaje innecesariamente cruel.


2. La captura y muerte de Ignacio, Nacho, Coronel fue el extremo opuesto. El hermetismo, el blindaje informativo y el difundir a cuentagotas los detalles de la captura generó un vacío que fue cubierto por especulaciones, rumores y elucubraciones sin fin. Hasta que las revistas MILENIO y Proceso difundieron detalles del operativo (esta última, acompañada de tres fotografías del cuerpo abatido) las especulaciones dejaron de circular. De cualquier forma, el caso de Nacho Coronel dejaba al descubierto un doble rasero en el tratamiento informativo: para los capos del cártel de los Beltrán Leyva, perseguidos por la Marina, el escarnio y toda la fuerza del Estado. Para los integrantes del cártel del Pacífico, perseguidos básicamente por el Ejército, la discreción y una suerte de trato preferencial VIP. Otro golpe de precisión quirúrgica, que debió concitar el reconocimiento natural de la opinión pública, resultaba cuestionado por el vacío de la información, es decir, por la desinformación.


3. El show de La Barbie: La aprehensión y presentación de Édgar Valdez Villarreal, La Barbie, por parte de la SSP, es el tercer ejemplo de un golpe de alto impacto, desvirtuado por la propia forma errática de comunicarlo ante la sociedad. Este no es un caso de crueldad innecesaria como el de Beltrán Leyva o de manejo discrecional como el de Nacho Coronel, sino de protagonismo epopéyico de sus captores. Tal vez la necesidad de empatar las hazañas del Ejército y la Marina, el mandato imperioso de justificar los 35 mil millones de pesos de presupuesto de esta dependencia, la vocación de cineastas frustrados de los mandos de esta dependencia, el espíritu contagiosamente festivo de las fiestas del Bicentenario, o vaya usted a saber que otra motivación, el hecho es que esta dependencia ha hecho del montaje el eje central de su política de comunicación.


La historia de que este delincuente fue capturado, no de manera incidental, sino producto de un arduo trabajo de inteligencia, que implicó infiltrar los alrededores de su guarida campestre con policías disfrazados de campesinos, detrás de postes de luz o de pinos milenarios, causó la sonrisa hasta de la propia Barbie, quien seguramente no soltó la carcajada por temor a morir por un ataque de risa.


La SSP tiene en su haber el récord de montajes más entretenido y riesgoso del que se tenga registro. El de Florence Cassez y el de los periodistas liberados recientemente en la Laguna son los más conocidos, pero no los únicos. La necesidad constante de dar a cada captura un toque heroico y de espectacularidad hollywoodense no habla de policías profesionales a cargo de la seguridad pública, sino de funcionarios mitómanos que han caído en la “tendencia morbosa a desfigurar, engrandeciéndola, la realidad de lo que se dice” (Real Academia).


Sin embargo, en descargo de los cientos de policías, militares y marinos que realmente apuestan su vida en cada operativo y están entregados a la causa, habrá que decir que la mitomanía que inspiran todos estos montajes no es un rasgo de personalidad de sus jefes, sino un vicio institucional de nuestra política pública de seguridad. El mito central es que los problemas de inseguridad que padecemos son un problema de percepción mediática y no el efecto de una realidad social y económica en acelerada descomposición. Por ello, cada golpe al crimen debe estar acompañado de un golpe demoledor a esa percepción colectiva de inseguridad. Y para ello, no hay nada mejor que los montajes.

ricardo_monreal_avila@yahoo.com.mx
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